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Wildwood: el bosque salvaje

Foto del escritor: Young Critic
Young Critic
hace 6 minutos
4 min de lectura

Lo nuevo de Laika es su película más ambiciosa y la mejor hasta la fecha

La triste contradicción es que buena parte del arte necesita un componente comercial para que el artista pueda seguir creando y ganarse la vida. El cine actual es un mercado en el que no siempre son las obras más audaces las que consiguen financiación, ni siquiera la acogida que quizá merecerían. Sin embargo, hay unos pocos cineastas que, como los artistas del Renacimiento italiano con sus acaudalados mecenas, cuentan con benefactores y un flujo de dinero que les permite olvidarse de la rentabilidad y pensar solo en los límites de su imaginación. Uno es Wes Anderson, cuya filmografía lleva casi dos décadas financiada por Steven Rales; el otro es todo un estudio: Laika, respaldado por la fortuna de Nike. En toda su historia, solo Los mundos de Coraline (2009) parece haber sido rentable y, aun así, todas las películas del estudio hasta la fecha han cosechado el favor de la crítica y nominaciones al Óscar. Su nuevo trabajo es también el más ambicioso: Wildwood: El bosque salvaje (2026).


Basada en el libro homónimo de Colin Meloy y Carson Ellis, Wildwood sigue a Prue (Peyton Elizabeth Lee), una niña que vive en Portland, Oregón. Cuando su hermano de dos años desaparece en el bosque a las afueras de la ciudad, un bosque en el que sus padres le han advertido que no se adentre, Prue se lanza en su busca con valentía, acompañada del bondadoso aunque torpe empollón Curtis (Jacob Tremblay). En ese bosque, Prue descubre todo un mundo de fantasía, con animales que hablan, brujas malvadas y reinos en guerra, y se da cuenta de que el secuestro de su hermano forma parte de una trama mayor que podría poner en peligro ese reino fantástico.


Wildwood está dirigida por Travis Knight, presidente y consejero delegado de Laika y heredero de la fortuna de Nike. Knight, sin embargo, no es el caprichoso hijo de multimillonario que busca un estudio de cine para hacerse famoso (ejem, David Ellison, ejem), sino un enamorado de la animación stop motion que quiere servirse de ella para contar historias y llevar el medio al límite. Su anterior película de animación fue Kubo y las dos cuerdas mágicas (2016), la mejor de Laika hasta la fecha, que fundía la mitología con unos personajes trazados con enorme minuciosidad. Wildwood, en cambio, lo lleva todo al extremo. La ambición es absolutamente asombrosa: un relato épico de fantasía de dos horas, a la escala de El señor de los anillos o Las crónicas de Narnia, pero hecho íntegramente fotograma a fotograma.


Así, Wildwood es una apuesta enorme, pero que sale brillantemente bien. Para parte del gran público, la animación stop motion puede resultar una tarea pesada: un arte más académico, más para admirar que para disfrutar, cuya naturaleza artesanal y hecha a mano choca obstinadamente con un mundo cada vez más digital y dominado por la inteligencia artificial. Sería una forma de ver esta técnica tremendamente reduccionista, que haría perderse joyas como La oveja Shaun, Wallace y Gromit o Chicken Run: Evasión en la granja (2000), aunque quizá responda a la idea de que una forma de animación tan física impone ciertos límites a lo que se puede hacer. Wildwood echa por tierra esa suposición y se propone, desafiante, crear una película tan ilimitada y desatada como sea posible. Toda una escena inicial en Portland recrea la ciudad con un detalle asombroso, y las secuencias en el agua, en pleno vuelo o de movimiento caótico se resuelven con una cámara cinética y un montaje audaz. La batalla final, en particular, deja sin aliento por su complejidad, su escala y su duración, y Knight la saca adelante de un modo que enorgullecería a Peter Jackson. Lo que más valoran los amantes del stop motion es la atención al más mínimo detalle, así como el proceso minucioso y lentísimo de capturar literalmente cada fotograma. Wildwood no escatima en nada: ya sea una gigantesca ciudad medieval, una cafetería hípster o un bosque rebosante de vida, cada centímetro de la pantalla y del decorado está trabajado con una pasión y un cuidado que se desbordan en cada plano.


Pero Wildwood no es solo una impresionante exhibición de destreza técnica y paciencia creativa; su historia es una adaptación apasionante que recordará al espectador lo mejor de la fantasía juvenil. El relato de formación se ha contado desde siempre, podría decirse que en cierto modo desde el Poema de Gilgamesh, pero la clave está en no contarlo de forma mecánica, sino con una especificidad que a su vez aporte autenticidad. Wildwood lo consigue, y conserva el asombro y el cinismo que puede sentir un preadolescente en pleno crecimiento. Knight imprime además a su película un tono spielbergiano, y se sirve del humor y la simpatía para que los personajes resulten singulares y llenos de color, de manera que vemos su complejidad y su hondura, y no solo los clichés del género.


Como de costumbre, Knight reúne un reparto de voces de gran talento, que de nuevo no da la impresión de limitarse a leer frases en una cabina para cobrar un cheque fácil, sino que dota a sus personajes de un pasado y de heridas ocultas. Carey Mulligan, como la hechicera Alexandra, es uno de los puntos fuertes, al igual que Mahershala Ali como el Rey de los Bandidos, pero todo el reparto transmite el mismo esfuerzo y la misma pasión que los animadores han volcado en sus figuras. El resultado es una unión perfecta de tono y energía que contagia al espectador.


Wildwood es una superproducción fantástica a la altura de lo mejor del género; cae, sin duda, en tópicos y clichés, pero tampoco teme adentrarse con audacia en lugares oscuros ni reservar destinos sombríos a ciertos personajes, lo que da a la historia una dimensión más intrigante e imprevisible. El resultado no es solo una película que maravilla por su factura técnica, sino una en la que uno puede perderse entre sus personajes y sus bosques y volver a ponerse en la piel de su yo adolescente, cuando el valor, la identidad y el asombro se fundían en los límites de la propia imaginación.


8.5/10

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