top of page
  • Substack
  • IMDb
  • Letterboxd
  • Threads
  • Bluesky
  • Instagram

Wicker

Foto del escritor: Young Critic
Young Critic
hace 6 minutos
4 min de lectura

Esta nueva fábula conquista con su mirada a las relaciones sanas

Las fábulas han sido siempre una forma infalible de transmitir moralejas y lecciones tanto a niños como a adultos: no mentir continuamente, o tus verdades acabarán siendo ignoradas, como en «El pastorcillo mentiroso»; o no subestimar al que trabaja con constancia frente al fanfarrón con talento, como en «La liebre y la tortuga». Crear una fábula moderna es aún más difícil, no solo por los sólidos cimientos que ya ofrecen los clásicos, sino también por lo complicado que resulta disipar el cinismo que ha impregnado buena parte del mundo. Y sin embargo, Wicker (2026) lo consigue.

 

Wicker adapta el relato de 2008 «The Wicker Husband», de Ursula Wills. Seguimos a una pescadora denostada (Olivia Colman), a la que el resto de su aldea medieval inglesa rehúye por estar soltera, vivir sola y ser fea a su mediana edad. La trata con especial condescendencia la mujer del sastre (Elizabeth Debicki), la reina social del pueblo. Harta del acoso, la pescadora le pide al Cestero ambulante (Peter Dinklage) que le fabrique un marido de mimbre. El Cestero accede y, poco después, la pescadora se fuga y empieza una vida junto al robusto y amable hombre de mimbre (Alexander Skarsgård), al que la destreza del Cestero ha dado vida por arte de magia.

 

Wicker está dirigida y adaptada por el dúo formado por Alex Huston Fischer y Eleanor Wilson, que ya habían dirigido otras comedias de premisa conceptual, como la ciencia ficción de ¡Desconectados! (2020), sobre una pareja neoyorquina a la que aterra ser abducida por extraterrestres cuando decide salir de los confines de la ciudad. Sin embargo, hasta ahora las películas del dúo se habían quedado en comedias excéntricas que no llegaban a rascar de verdad bajo la superficie de sus personajes. Con el material de partida de «The Wicker Husband», Wicker se convierte en un relato de múltiples capas sobre la masculinidad moderna, el equilibrio necesario en una relación e incluso la dependencia emocional que nos genera el consumismo.

 

Wicker se convierte en un prisma fascinante a través del cual pueden extraerse conclusiones y lecciones muy diversas, como ocurre con cualquiera de las mejores fábulas. En el fondo, sin embargo, la historia trata de las relaciones y de la posesión. El pueblo de Wicker es enormemente patriarcal: a las mujeres les cierran un collar alrededor del cuello en cuanto se casan. Pero ese afán de posesión se extiende y envenena a toda la población, y despierta celos tanto en mujeres como en hombres cuando ven lo en paz y lo felices que están la pescadora y el hombre de mimbre. Los aldeanos se escandalizan cuando, durante un baile del pueblo, ambos bailan dichosos a su propio ritmo, sacudiéndose las estructuras de «cómo deben hacerse las cosas». Buena parte de la comedia de la película surge de que media aldea codicia esa relación, aunque más por sus ventajas materiales que por las emocionales. El hombre de mimbre es un amante incansable y alguien siempre dispuesto a ayudar en casa: arreglar el tejado, revisar las nasas y lavar la ropa. Los hombres de la taberna se quedan desconcertados cuando le preguntan por qué hace todo eso y él responde «porque la hace feliz», algo que para ellos resulta una idea inconcebible.

 

Wicker me recordó en algunos aspectos a La bola negra (2026), en su forma de retratar el amor no como un acto de posesión, sino como una mezcla de deseo y de compartir. Una relación así necesita una dimensión incondicional, porque de lo contrario se convierte en un contrato tóxico. Aunque, claro está, esa incondicionalidad conlleva un riesgo y una confianza que pueden acabar haciéndote daño; pero ese es el riesgo y la apuesta que uno debe asumir.

 

Llevar una fábula al cine es embarcarse en un baile delicado. Ninguno de los personajes tiene nombre; siempre se les llama por su oficio. Es señal de que los personajes deben funcionar como arquetipos y símbolos, pero también hay que saber dotarlos de la profundidad suficiente para que resulten distintos y complejos. Huston Fischer y Wilson lo consiguen, en gran medida gracias a un tono equilibrado que sabe cuándo recurrir a la comedia y cuándo contenerse y dejar respirar una escena. Cuentan además con un reparto espectacular. Colman es indomable y arrolladora en el dominio de su oficio, en cada pequeño gesto, mohín o mirada fugaz; es una delicia verla en su elemento. Skarsgård tiene una tarea doblemente difícil: no solo debe aportar al papel una ingenuidad ante el mundo propia del monstruo de Frankenstein, sino también impregnar cada uno de sus movimientos como si fuera un ser limitado hecho de mimbre, que solo puede mover las extremidades y el rostro de forma restringida. Debicki podría haber caído fácilmente en el tópico de la chica mala, pero dota a su personaje de una complejidad y de un trasfondo de ambición frustrada que alimenta su amenaza. Sin embargo, es Dinklage quien destaca, en un papel pequeño pero en el que ofrece soliloquios de corte shakespeariano, debatiéndose sobre si crear vida o no. El deleite con el que paladea cada palabra, la elegancia de su dicción y su dominio de la pantalla resultan absolutamente hipnóticos.

 

Wicker cobra vida con una cualidad increíblemente tangible, gracias al espectacular trabajo del equipo de diseño de producción, que construyó la propia aldea medieval con un detalle asombroso. Pero merece una mención especial el equipo de maquillaje y efectos especiales, que da vida al hombre de mimbre de forma sorprendente. Sencillamente, no sabía dónde terminaba el maquillaje y dónde empezaba el CGI, y me quedé asombrado al ver cómo la luz del sol se colaba por los huecos del trenzado de mimbre de sus brazos y su rostro, cómo el pelo estaba cosido al cuero cabelludo de mimbre, e incluso la musculatura de su cara, compuesta con un detalle minucioso.

 

En definitiva, Wicker es una fábula cinematográfica encantadora, con personajes que funcionan tanto como arquetipos útiles sobre los que proyectarse como figuras que desarrollan sus propios arcos complejos. La historia en sí se presta a múltiples interpretaciones; yo, por ejemplo, veía claros paralelismos con la dependencia emocional de la inteligencia artificial. Es cierto que, por su carácter compacto, ciertas tramas de personajes no pueden explorarse con tanta profundidad, por miedo a volverse demasiado concretas, y otros personajes se quedan en caricaturas sin demasiado fondo, más blanco de algún chiste que otra cosa. Aun así, Wicker resulta una película encantadora y estimulante, que te arrancará carcajadas y te dejará la cabeza dando vueltas al salir del cine.

 

8.1/10

Comentarios


© 2013–2026 by Young Critic. Powered and secured by Wix

bottom of page