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La bola negra

Foto del escritor: Young Critic
Young Critic
hace 1 hora
6 min de lectura

La epopeya histórica de los Javis es un clásico moderno y poético

La ambición puede ser a menudo enemiga de la ejecución, sobre todo en el cine. Las páginas de la historia están sembradas de directores cuyas ambiciones y «grandes obras maestras» acabaron siendo su propia perdición, siendo el caso más célebre el de Michael Cimino con La puerta del cielo (1980). Sin embargo, cuando esas ambiciones salen bien, como ocurrió con Apocalypse Now (1979) de Francis Ford Coppola, el resultado es un clásico que trasciende. Eso es justo lo que sucede con la última película de los Javis, que intenta abarcar el borrado queer, la represión histórica y el poder atemporal del arte en España con La bola negra (2026).


La bola negra es una historia que recorre a varios personajes en distintos momentos del tiempo. En 1932, el joven Carlos (Milo Quifes) quiere ingresar en el exclusivo casino de la alta sociedad granadina, pero es rechazado por su homosexualidad. En 1937, un trompetista de pueblo, Sebastián (Guitarricadelafuente), alineado con el bando sublevado durante la Guerra Civil, recibe el encargo de custodiar a un prisionero herido del bando contrario, Rafael (Miguel Bernardeau), que lleva un poema en el bolsillo. En la actualidad, Alberto (Carlos González), un dramaturgo frustrado reconvertido en historiador, hereda una carta y un manuscrito de su abuelo, un hombre al que nunca conoció y de cuya existencia ni siquiera sabía. Sobre todas las historias planea la sombra del poeta Federico García Lorca (Alberto Cortés).


Los Javis (nombre artístico de los codirectores Javier Ambrossi y Javier Calvo) ganaron el premio a la mejor dirección en Cannes con esta película y, aunque ya se habían adentrado en el cine con la desenfadada La llamada (2017), fue en la televisión donde se curtieron y se convirtieron en narradores magistrales. Abordaron el drama queer con Veneno (2020), sobre un icono trans real, y también crearon la iconoclasta comedia española Paquita Salas (2016-2019), que ridiculiza la cultura de oficina. Aunque el dúo ya era apreciado en España por su desparpajo y por la alegría que imprimen a sus proyectos, no los habría imaginado abordando una epopeya histórica enraizada en la Guerra Civil. Y sin embargo, los Javis demuestran una versatilidad tan vasta que me da latigazo cervical con solo mirar su página de IMDb.


La bola negra, como tantas grandes películas sobre la Guerra Civil, se centra en la incapacidad de España para confrontar su pasado y, por tanto, en una de las razones por las que no consigue pasar página de verdad. Es cierto que históricamente esto responde a motivos más complejos que el simple deseo de no mirar atrás: el «pacto del olvido», aquel acuerdo de los años setenta para dejar atrás los agravios, permitió que España transitara pacíficamente de una dictadura a una democracia. Del mismo modo, las leyes de las décadas de 2000 y 2010 buscaron destinar recursos públicos a exhumar fosas comunes y catalogar los horrores ocurridos durante los días más oscuros de la España del siglo XX. Aun así, mirar de frente las vergüenzas de la propia historia es una tarea difícil, y no una tarea lineal en la que publicar un determinado episodio baste para educar a todo el mundo, presente y futuro. La historia es un esfuerzo que debe enseñarse y sostenerse en el tiempo. Basta con mirar a Alemania, que lleva décadas educando sobre los horrores de la Segunda Guerra Mundial y que, pese a ello, ve cómo un partido de extrema derecha (AfD) gana elecciones y lidera las encuestas nacionales. En España, igualmente, hay una reacción de pánico a la hora de querer pasar página, o bien de castigar a los historiadores cuyo relato no resulta lo bastante «patriótico» y que no hacen un trabajo suficientemente bueno mostrando «las dos caras» de la Guerra Civil.


Ese es el contexto que aborda La bola negra, que en su pura ambición señala los peligros de reprimir esas historias y esas verdades que llevan enquistadas en la memoria nacional, carcomiendo la psique como un viejo secreto familiar o un trauma silenciado. Al fin y al cabo, si reprimes un recuerdo, una parte de tu identidad, te estás reprimiendo por completo. Los Javis lo ilustran mediante un brillante trabajo de personajes, centrándose específicamente en las relaciones y en un amor roto y reprimido entre hombres.


La bola negra es, en cierto modo, una advertencia. Tomando como punto de partida una obra inacabada de Lorca del mismo título, los Javis interpretan que es una tragedia no vivir siendo uno mismo, no aprovechar el tiempo para expresar la propia verdad mientras se tiene la oportunidad. Leído así puede sonar a mensaje tremendamente cursi, pero está hilado con una belleza y un oficio técnico tales que, para cuando lleguen los créditos, te habrán dejado hecho un charco de lágrimas en la butaca.


Los Javis exhiben un dominio de los elementos técnicos del cine que hace que la película trascienda el relato para convertirse en experiencia. Aunque las tres tramas parecen dispares al principio, se van entretejiendo con destreza, como un Love Actually (2003) mucho más poético. Los Javis emplean un ritmo paciente y una cámara que encuadra cada plano como un cuadro vivo, con una iluminación espectacular y un uso prodigioso del color y del espacio. Sinceramente, podrías pausar la película en cualquier momento y quedarte admirando la composición que tienes delante, con su juego de enfoques, líneas de mirada y sombras capaz de hacer sonrojar a Caravaggio. Los Javis utilizan además la cámara como herramienta crítica en su forma de observar a los personajes, convirtiendo los recursos de la mirada masculina que tanto han poblado las pantallas en una mirada masculina queer. Es una mirada distinta de aquella con la que las directoras han dado la vuelta al asunto sobre los hombres, porque esta es la de un hombre mirando a otro hombre y, por tanto, no solo muestra deseo, sino también un espejo de uno mismo. Es una mirada que no necesita consumir un objeto, como sí ocurre con la mirada masculina patriarcal, sino que contempla desde una apreciación mucho más pura y auténtica, donde el deseo es la voluntad de compartir la pasión y la belleza antes que la de poseerlas.


La bola negra no adopta una estructura narrativa convencional; su montaje es mucho más fluido, con sonidos y diálogos que se derraman de una secuencia ambientada en el pasado a otra situada en la ficción y a una tercera en el futuro. En algunos momentos te sobresalta un corte que va de un hospital militar de los años treinta a un DJ de los años veinte de este siglo. Es inspirándose en la prosa y el estilo de Lorca como los Javis logran tejer ese hechizo atemporal sobre la película, donde todo ocurre simultáneamente y cada tiempo y cada espacio «invaden» a los demás.


La bola negra reúne un reparto ecléctico que parece sacado al azar de un sombrero. Guitarricadelafuente es un músico famoso que debuta como actor, Julio Torres es más conocido en Estados Unidos por sus series de realismo mágico en HBO, Penélope Cruz es un icono español, Antonio de la Torre es el actor español más prolífico en activo, Lola Dueñas es veterana de Almodóvar y Amenábar, Glenn Close es un clásico estadounidense y Miguel Bernardeau viene de la teleserie juvenil. Es una muestra de la ambición que los Javis llevaron a La bola negra y que podría haber acabado en desastre; sin embargo, resulta un triunfo absoluto. A los pocos minutos, el reparto se disuelve por completo en tu cabeza y solo ves a los personajes, traídos a la vida de forma indeleble y con un dolor imperfecto por sus intérpretes. Guitarricadelafuente es una revelación particular: parece llevar décadas actuando, con una interpretación matizada y contenida de un hombre en cuyo interior pelean la culpa, la confusión y el deseo. Cada papel, por aleatorio que parezca sobre el papel, está cuidadosamente calibrado. Close y Cruz tienen papeles pequeños y sin embargo resultan cruciales para iluminar momentos narrativos y emocionales importantes, de modo que sus presencias funcionan como cameos imprescindibles para completar la historia que se está contando.


En definitiva, La bola negra es una película cuya riqueza, belleza poética y complejidad narrativa la hacen bastante difícil de desmenuzar en una crítica limpia y ordenada. Los Javis, con una ambición infinita, sacan adelante este clásico moderno y algo más. Es de las que te dejan abrumado en la butaca, considerando tanto una perspectiva macrohistórica sobre la memoria, la verdad y el borrado queer como otra mucho más íntima: ¿qué parte de ti mismo estás reprimiendo y cuánta libertad y cuánto tiempo estás perdiendo al hacerlo?


9.2/10

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