El ser querido

Lo último de Rodrigo Sorogoyen es un desgarro que entrega dos interpretaciones magistrales

Rodrigo Sorogoyen no es de hacer películas ligeras. Incluso en su versión más relajada sigue asestando golpes desgarradores, como ocurrió con su reciente serie limitada Los años nuevos (2024). Tiene sentido, teniendo en cuenta que se dio a conocer trazando descensos hacia la corrupción moral dentro de las instituciones españolas con Que Dios nos perdone (2016) y El reino (2018). Sorogoyen ha encontrado la manera de incomodarte, de hacerte permanecer inquieto ante el sufrimiento y los lugares oscuros a los que arrastra a sus personajes. Lo logró en formato corto con Madre (2017), nominada al Óscar, construida en torno a una única llamada telefónica a una madre cuyo hijo parece haber sido secuestrado, y de nuevo con As bestas (2022), que seguía la historia real de un asesinato por los derechos sobre unas tierras en la España rural del norte. En su último trabajo se ha volcado sobre la propia industria del cine y, más concretamente, sobre un padre y una hija.
El ser querido (2026) sigue a Esteban Martínez (Javier Bardem), un director de renombre mundial que regresa a España para rodar su próxima película tras años viviendo en Estados Unidos. Allí contacta con su hija adulta, de la que está distanciado, Emilia (Victoria Luengo), una actriz a la que no ve ni con la que habla desde hace trece años, y la elige como protagonista. La película gira entonces en torno al rodaje, donde la emoción reprimida y la historia enterrada empiezan a aflorar.
El ser querido ha suscitado comparaciones con Valor sentimental (2025) y, sobre el papel, ambas se parecen, pero en estilo, tono y temperamento no podrían estar más alejadas. Valor sentimental mantenía su contención nórdica y una distancia limpia con cada personaje, dejando que la emoción aflorara en un goteo sereno y constante. El ser querido aporta una sensibilidad mediterránea a sus personajes y a su historia, dejando que el sentimiento estalle una vez ha alcanzado su punto de ebullición, y jugando con la forma de manera mucho más audaz. Sorogoyen tiene aquí un dominio absoluto de su oficio y se permite saltos arriesgados: virar escenas al blanco y negro, pasar del digital al celuloide, alternar entre distintas relaciones de aspecto. Eso, junto a la fotografía de Álex de Pablo, que permanece asfixiantemente pegada a sus personajes, mantiene al espectador inquieto y acorralado, incapaz de acomodarse ante lo que pueda venir a continuación y, por tanto, plantado justo en el lugar de los protagonistas.
La paternidad es quizá uno de los temas más antiguos del cine y del arte en general, y El ser querido bebe de numerosos precedentes, desde La muerte de un viajante de Arthur Miller hasta Al este del Edén (1955) o el clásico español El Sur (1983). Muchas de esas obras desembocan en el mismo tema del desarrollo detenido del padre, donde el anhelo de conexión, reconocimiento y reparación se persigue pero nunca se concede. Es una elección dramática demoledora, y una de la que Valor sentimental se apartó en favor de una resolución más hollywoodiense. También obliga al hijo o a la hija a aceptar que la paz tiene que encontrarse en uno mismo. El ser querido sigue muchos de estos patrones, pero convierte su núcleo en una promesa constantemente incumplida: Esteban rondando su propia culpa, aparentemente a punto de disculparse, de nombrar los pecados y el peso que arrastra, antes de estallar en una rabia oscura que vuelve a sepultar el sentimiento.
Sorogoyen apenas utiliza música, dejando que las escenas se desplieguen en crudo y forzando al espectador a habitar la incomodidad y la confusión de sus personajes. Sin una partitura que señale lo que significa cada escena, la nublada distancia emocional entre padre e hija resulta mucho más perturbadora. Hay exactamente una pieza musical, en un único momento: la mirada de Esteban sigue a una Emilia desprevenida a través del bufé de desayuno de un hotel mientras él escucha una muestra de la banda sonora de la película ficticia, capaz de verla a través de su arte, con sus verdaderos sentimientos asomando un instante antes de volver a extinguirse.
El ser querido trata sobre la paternidad, pero por esa vía interroga también la masculinidad que Sorogoyen lleva años rondando: la del hombre que aparenta tener el control de su profesión, de sus emociones, de sí mismo, y que se desmorona por completo cuando ese control se le escapa. Todo ello cristaliza en Esteban, un hombre de mediana edad cuyos estallidos ya no se toleran y que es a la vez incapaz de mirar hacia dentro y reacio a hacerlo, por miedo a lo que pueda encontrar. Solo a través de su arte consigue comunicar y procesar su culpa, y solo ahí logra conectar con su hija. Y, en un giro mucho más trágico que cualquier cosa vista en Valor sentimental, Esteban resulta capaz de conectar únicamente con el personaje que su hija interpreta en pantalla, nunca con la mujer de carne y hueso que tiene al lado.
Sorogoyen ha reunido al mejor actor español en activo, posiblemente de todos los tiempos, frente a una de las intérpretes más apasionantes de su generación. Bardem está en la cima de sus facultades, con un dominio tan absoluto de la pantalla que cada poro de su rostro parece transmitir algo; es imposible no suspirar con cada una de sus réplicas. Su Esteban es sin duda un hombre inteligente, pero también uno aterrorizado ante la idea de asumir sus errores o su pasado, con la culpa devorándolo visible tras la mirada, incapaz muchas veces de sostenerle la cara a Emilia. Enfrentarse a un compañero de reparto así intimidaría a cualquier veterano de la pantalla y, sin embargo, Luengo, ya consolidada dentro de la industria española y conocida por el público internacional sobre todo por papeles pequeños en las dos últimas películas de Almodóvar, La habitación de al lado (2024) y Amarga Navidad (2026), resulta absolutamente sobresaliente. La suya es la perspectiva a la que se aferra el espectador y, por tanto, es ella quien sostiene el peso emocional de nuestro descenso virgiliano hacia la tormenta. La Emilia de Luengo sostiene la realidad desordenada de una hija atrapada entre tapar el dolor para poder recuperar a un padre y exorcizar la rabia y la oscuridad que las acciones de Esteban han sembrado a lo largo de toda su vida. Es una interpretación torturada y absorbente, y no de las que uno se quita de encima fácilmente.
El ser querido es la mejor película de Sorogoyen hasta la fecha: audaz en su dirección, deliciosamente incómoda y demoledoramente realista en sus diálogos, y sostenida por dos interpretaciones asombrosamente descarnadas. El resultado es un drama que te deja hundido en la butaca, estupefacto, tras haber ofrecido una catarsis que pocas películas de este año llegarán a igualar.
8.8/10


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