El final de Oak Street
- Young Critic

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David Robert Mitchell regresa con una insulsa película de criaturas

A pesar de que los avances en efectos visuales de los años noventa nos deslumbraron con la posibilidad de generar todo tipo de entornos y criaturas junto a actores de carne y hueso, los dinosaurios no se han explotado tanto como cabría pensar. Las películas de Parque Jurásico han mantenido una presencia constante, pero pocas más han jugado con el tema de forma significativa. Hemos tenido la insulsa Land of the Lost (2009), el megafracaso de Disney Dinosaurio (2000) o la sosa 65 (2023) con Adam Driver. El último en intentar aprovechar a los dinosaurios para una película de criaturas es David Robert Mitchell con El final de Oak Street (2026).
Ambientada en un tranquilo suburbio estadounidense en 1982, la familia Platt atraviesa una crisis interna. El ama de casa Denise (Anne Hathaway) anhela una ambición mayor como escritora y se siente asfixiada por su evasivo marido Greg (Ewan McGregor), cuyo optimismo vacío parece más el reflejo de una mente ausente que el de un creyente firme. Mientras tanto, sus hijos adolescentes Audrey (Maisy Stella) y Brian (Christian Convery) observan con miedo cómo su familia amenaza con romperse. Una noche, en plena tormenta, un destello de luz blanca transporta a todo el vecindario a la prehistoria, con dinosaurios campando por los céspedes perfectamente cuidados y devorando a los vecinos.
Robert Mitchell escribió El final de Oak Street a partir de un concepto completamente original. Se agradece que haya una fuerza creativa singular detrás de la historia, sin necesidad de apoyarse en ninguna propiedad intelectual previa. La premisa es sin duda un gancho, y recuerda al arranque de una novela de Stephen King. Ahora bien, Robert Mitchell toma prestadas abundantes referencias cinematográficas del único director que ha logrado hacer una película de dinosaurios competente: Steven Spielberg. Todo el primer acto, que plantea una familia fracturada en los suburbios de los años ochenta, con niños en bicicleta incluidos, resulta casi una infracción de derechos de autor, pero está ejecutado con tal reverencia y destreza que desprende nostalgia en lugar de plagio.
Con el concepto de los dinosaurios en sí, Robert Mitchell se divierte montando sus escenarios, pero estos caen lamentablemente y de forma creciente en los tópicos del terror y del cine de criaturas: bestias enormes capaces de acercarse sigilosamente a los humanos, personajes que toman decisiones estúpidas para ponerse en peligro, momentos felices planificando el futuro justo antes de que alguien muera. No se aplica demasiado sentido común a muchas de estas situaciones, lo que no refleja tanto la incompetencia de los personajes como la pereza del guion. Es más difícil escribir personajes inteligentes que caigan en situaciones de peligro y tengan que discurrir para salir de ellas que hacer que un desgraciado de doce años abandone la seguridad de su casa en plena noche para ir a buscar a su perro perdido en medio de una jungla infestada de dinosaurios.
Robert Mitchell irrumpió en la escena como cineasta con su tensa película de terror It Follows (2014). La siguió con la lynchiana Lo que esconde Silver Lake (2018), pero desde entonces ha permanecido en gran medida en silencio. Casi una década después entrega El final de Oak Street, que, aunque original, se parece más a una película de serie B de los años ochenta que al tipo de cine al que nos tenía acostumbrados el director estadounidense. Decepciona después de la enorme expectación acumulada en torno a lo que este director visionario y ambicioso estaría guardándose.
El final de Oak Street está producida por J.J. Abrams, que también ha permanecido apartado durante años, habiendo dirigido únicamente Star Wars: El ascenso de Skywalker (2019) en los últimos once años. Abrams se labró una gran reputación con planteamientos intrigantes, desde la serie que lo lanzó a la fama, Perdidos (2004-2010), hasta Monstruoso(2008) e incluso Super 8 (2011). El hilo común de todos sus proyectos ha sido la incapacidad de rematar la jugada. Todos los títulos mencionados se hicieron célebres por sus finales insatisfactorios. Aunque El final de Oak Street no genera la misma frustración, sí presenta un desenlace que socava inexplicablemente el desarrollo de los personajes de toda la película. Acaba, por tanto, pareciendo una escapatoria para no afrontar emociones difíciles, y ofrece en su lugar un final hollywoodiense y almibarado.
La película es una producción de presupuesto medio pero cara, con un coste declarado de 85 millones de dólares. Para ese desembolso, los efectos visuales resultan en general convincentes, aunque uno se pregunta si la ambientación en los años ochenta era del todo necesaria, ya que apenas aporta nada a la historia más allá de los coches. Los dinosaurios están renderizados de forma creíble y se mantienen inteligentemente ocultos en muchos momentos. Sin embargo, había efectos de extensión de decorado notablemente pobres, en los que un bosque prehistórico supuestamente se extendía desde los patios traseros de nuestros personajes, pero se veía con toda claridad dónde terminaban las plantas de plástico del plató y dónde empezaba la pantalla verde. Del mismo modo, cada vez que un dinosaurio se acercaba demasiado a un actor humano, el renderizado contrastaba mal, sobre todo teniendo en cuenta que las escenas estaban rodadas a plena luz del día, donde ese tipo de efectos resulta notoriamente más difícil de conseguir. Hay que reconocer, eso sí, que los dinosaurios de El final de Oak Street aparecen con plumas, tal y como se ha impuesto entre los paleontólogos. Un aplauso para el productor friki que se aseguró de incluir ese detalle.
En definitiva, El final de Oak Street es un intento encomiable de poner una cantidad considerable de dinero y a algunas estrellas de primera línea al servicio de un concepto completamente original. Lamentablemente, la película nunca llega a romper su molde de serie B y, aunque algunos actores, como Hathaway, lo dan todo, no basta para pasar por alto un guion chapucero y un desenlace timorato que lima las pocas aristas afiladas que dejaban entrever al cineasta audaz que todos sabemos que se esconde dentro de Robert Mitchell.
6.0/10


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