El diablo viste de Prada 2
- Young Critic

- 3 may
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Un regreso nostálgico que ya no entra tan bien como hace veinte años

La nostalgia es hoy el principal argumento de venta de Hollywood, ya sea porque los ejecutivos añoran una edad de oro del cine que quedó atrás, o porque responde a una mentalidad de «apuesta segura» consistente en empaquetar contenido para espectadores con reconocimiento garantizado. Esto parece estar detrás de cada proyecto que dan luz verde los grandes estudios, que han pasado de perseguir franquicias a desenterrar cualquier éxito menor del pasado. Quizá por eso la nueva película de los Vengadores jugará esencialmente con los muy recientes años dorados de Marvel, o por eso las cadenas de televisión están reuniendo repartos de antaño con poco que contar en realidad (Malcolm in the Middle: La vida sigue siendo injusta, 2026; And Just Like That, 2021-2025). En el cine, los ejemplos se acumulan: Michael (2026) es un caso reciente que demuestra cómo poner canciones antiguas en pantalla basta para vender entradas. El último en recibir este tratamiento es El diablo viste de Prada 2 (2026).
El diablo viste de Prada 2 no sigue la novela que se escribió como secuela de las memorias que dieron origen al original. En cambio, construye su propia historia para reunir a los personajes de la primera película, veinte años después. Andy (Anne Hathaway) es ahora una reputada periodista de investigación que trabaja para un pequeño periódico en Nueva York; Emily (Emily Blunt) es ejecutiva en Dior; y Miranda (Meryl Streep) y Nigel (Stanley Tucci) continúan en sus mismos puestos en la revista de moda Runway. Cuando un artículo insustancial publicado en la revista resulta estar encubriendo talleres clandestinos en el mundo de la moda, la empresa matriz de Runway contrata a Andy para dirigir la sección de reportajes. La antigua asistente regresa así para enfrentarse a una Miranda tan tóxica como siempre, que ha aceptado a regañadientes tenerla como compañera.
La primera El diablo viste de Prada (2006) ofrecía una mirada juguetona al mundo de la alta moda que suavizaba un tanto los filos de las memorias en las que se basaba, con menos ensañamiento hacia el trasunto de Anna Wintour que es Miranda, retratada como una jefa despiadada pero de cierta complejidad. Al alejarse de las memorias originales, sin embargo, El diablo viste de Prada 2 queda a la vez liberada y a la deriva, sin el anclaje que proporcionaba aquella fuente. El resultado es que esta secuela se parece menos a una inmersión en el despiadado mundo de la moda bajo presión y más a un vehículo ligero para buenas intenciones y fanfiction.
El diablo viste de Prada 2, aunque sigue impregnada del mundo de la moda (abundan los cameos, desde Marc Jacobs hasta Donatella Versace), parece estar más interesada en el aspecto periodístico de la premisa de la «revista de moda». Andy aparece como una reportera intrépida que escribe artículos necesarios aunque poco leídos. Los dos primeros actos son esencialmente un estudio sobre la lucha del periodismo escrito por mantenerse relevante tanto para sus jefes corporativos como para sus lectores, mientras el cierre de cabeceras cercanas se acerca como un eco cada vez más amenazante y el pánico y el instinto de supervivencia empiezan a apoderarse de Andy. Esto habría dado pie a una secuela bastante interesante y satisfactoria, aunque sin llegar a profundizar en los matices del periodismo contemporáneo. Sin embargo, en el tercer acto la película recuerda de repente que también tiene que ser una película de «moda»: se traslada a Milán y se lanza a una serie de giros melodramáticos que parecen sacados de un fanfic de Tumblr de 2008 antes que del comportamiento orgánico de estos personajes. Muchas de las decisiones y conversaciones de este tramo final nunca resultan creíbles, los filos de Miranda se suavizan y Andy se convierte en una caricatura. El resultado es un desenlace bastante banal, con una solución desconcertante para salvar tanto la moda como el periodismo: hazte con un mecenas multimillonario.
Pese a la pesca de nostalgia que El diablo viste de Prada 2 ofrece inevitablemente a los fans de la primera entrega, es difícil resistirse al extraordinario reparto que se ha reunido de nuevo. Sencillamente, Tucci aparece demasiado poco en el cine, y confío en que siga brindando sus servicios a la gran pantalla. Blunt, una estrella mucho mayor que hace veinte años, tiene un papel secundario bastante plano, aunque le insufla un aire de resentimiento y complejidad. Hathaway está en su versión más efervescente, con el tipo de actuación enérgica que tanto había echado de menos tras verla encadenada a papeles cada vez más oscuros y adustos desde que ganó el Óscar por Los miserables (2012). Espero que en adelante veamos un reparto de papeles más variado para Hathaway, porque sus dotes cómicas siguen siendo impecables. Pero el verdadero corazón y alma de una película de Prada es Streep, que regresa al moño plateado de Miranda con una naturalidad que te hace creer de verdad que el personaje ha vuelto. Cada arqueada de ceja o suspirito de desaprobación acapara el protagonismo en cada una de sus escenas. La suya es una presencia que impregna toda la película, de modo que incluso en los momentos más inverosímiles que se acumulan hacia el final, nunca ves asomar a Streep sino a Miranda enfrentándose a ellos.
Los trajes siguen siendo originales y vibrantes, aunque no me deslumbraron tanto como la selección de la primera película, en parte porque la diseñadora de vestuario original, Patricia Field, decidió no volver. Aunque la nostalgia y el sugerente ángulo periodístico te llevan a través de los dos primeros actos, inofensivos en su conjunto, el tercer acto me perdió por su incongruencia con el resto de la historia y su abuso de tropos melodramáticos y decisiones de personajes inverosímiles. En definitiva, esta secuela es un desfile deslumbrante mientras avanza por la pasarela, pero la olvidarás en cuanto haya marcado su pose y se haya dado la vuelta.
6.6/10


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