Digger

La ambiciosa película de Alejandro G. Iñárritu es un enredo caótico

El cambio climático lleva reconocido como problema al menos medio siglo, y a estas alturas la inacción se ha convertido en parte de la historia tanto como la propia crisis. En una era de polarización creciente, y con el lobby petrolero presionando a favor de sus intereses, los gobiernos han actuado con una lentitud exasperante, cuando han actuado. El arte lleva años dando la voz de alarma, cada vez de forma más estruendosa en sus exigencias de urgencia. La última táctica de Hollywood para concienciar parece ser la sátira, primero con No mires arriba (2021) y ahora con Digger (2026).
Digger es una historia brechtiana sobre Digger Rockwell (Tom Cruise), un magnate petrolero estadounidense y una de las personas más poderosas del planeta. Cuando una de sus plataformas explota en el Ártico, una enorme placa de hielo sale despedida a gran velocidad, en rumbo de colisión con zonas densamente pobladas. El achacoso presidente de Estados Unidos (John Goodman) acude a Digger en busca de consejo. En lugar de afrontar el desastre, ambos se dedican a «reenfocar» el relato y a gestionar la percepción pública. Hay además una trama paralela, ausente de todo el material promocional, así que no la destriparé, que explora la propia noción de la interpretación y el valor artístico de la comedia y la introspección como vía para procesar el trauma histórico.
Digger es lo último de Alejandro González Iñárritu y su primera película en inglés desde El renacido (2015), hace más de una década. El director mexicano es enormemente capaz y, con un presupuesto considerable, aquí no ha dejado que nada frene su ambición. El resultado es un elefante blanco: una hidra de película que intenta comentar en varios niveles a la vez, ser meta, ingeniosa y autoparódica, todo ello mientras entrega una advertencia populista y accesible sobre el cambio climático y la corrupción gubernamental. Es sencillamente demasiado para una sola película. Lo que emerge es un desastre, técnicamente ingenioso y lleno de maravillosos decorados reales, pero embrollado tanto en su narrativa como en su ejecución.
No mires arriba, la versión de Adam McKay de la sátira climática, también resultaba caótica en su dispersión. Pero al menos era lineal. Digger trabaja en tantas capas, literales y simbólicas, que acaba diluyéndose. Sus recursos metaficcionales son abruptos, algo que Brecht habría aprobado, pero funcionan además como pequeñas trampas, una manera de saltar de una secuencia a la siguiente cuando Iñárritu no logró escribir una transición fluida. La película termina más interesada en distraer, en impresionarte con su propia autoconciencia, que en dar profundidad a sus personajes o a su historia. El conjunto tiene todo el aire de esas empresas carísimas en las que un autor recibe un presupuesto enorme y demasiada libertad con muy poca supervisión. Es una idea audaz y romántica, y también una demostración de que un segundo par de ojos siempre ayuda en cualquier proyecto.
Dicho esto, con un presupuesto así y un director de este calibre, los elementos técnicos son un gozo. Me dejó asombrado la cantidad de oficio práctico que hay en pantalla, desde los decorados evidentemente reales hasta los animatrónicos empleados para un gato enfermo y las maquetas que sustituyen a los escenarios. Todo ello está bellamente encuadrado por el incomparable Emmanuel Lubezki, que se reencuentra con Iñárritu tras Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) (2014) y El renacido. El departamento de maquillaje también firma un trabajo impresionante, transformando a Cruise con un convincente traje de gordo y envejeciéndole la piel y el pelo hasta convertirlo en un ejecutivo petrolero de carnes caídas.
El propio Cruise, que lleva tiempo presentándose como el salvador del cine moderno a través de Misión: Imposible y Top Gun, no consigue salvar a esta de morderse la cola. Eso sí, entrega su mejor interpretación en casi dos décadas en lo que es a todas luces un papel diseñado para el Óscar. Tiene que moverse entre dos versiones del personaje conforme la película salta a su registro metaficcional, y demuestra verdadero registro además de un evidente deleite. El carisma está desplegado por completo, devorando el decorado y cada línea de diálogo con una gravedad imponente. Cruise siempre ha tenido talento, más visible en las películas arriesgadas de su primera etapa, pero se ha instalado cómodamente en el blockbuster, donde su registro apenas se pone a prueba. Digger demuestra que el hambre y el magnetismo siguen ahí, y uno espera que el fracaso de la película no lo devuelva definitivamente a sus zonas de confort.
En definitiva, Digger merece reconocimiento por su audacia y por sus nobles intenciones, pero acaba enredándose en un nudo confuso. Al negarse a comprometerse con una sola idea, un solo tono o un solo estilo, Iñárritu entrega algo superficial y desorientado, una película que apesta a autoimportancia y que parece darse palmaditas en la espalda al llegar a las escenas finales, mientras el público es más propenso a salir de la sala con una ceja levantada y un suspiro.
5.5/10


Comentarios