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Backrooms

  • Foto del escritor: Young Critic
    Young Critic
  • 5 jun
  • 5 min de lectura

Un debut prodigioso que confía más en su misterio que en su mensaje

Tras hacerse más accesibles los equipos y los programas de edición, y volverse las plataformas de distribución de contenido como YouTube baratas y fáciles de usar, sorprende que haya tardado tanto en surgir una hornada de cineastas youtubers dispuestos a dar el salto a la gran pantalla. El último año ha visto a creadores como Chris Stuckmann, Mark Edward Fischbach y Curry Barker debutar con largometrajes que demuestran una notable destreza con el medio y que han hecho que los estudios agucen el oído ante esta cantera ignorada de cineastas jóvenes y económicos. Sin embargo, el mayor revuelo de esta nueva generación lo ha causado Kane Parsons, de 20 años: no fue él quien llamó a la puerta de un estudio, sino un estudio quien llamó a la suya, para convertir sus inquietantes vídeos de YouTube en la película de terror Backrooms (2026).


Backrooms es una película de caja de misterio en la que Clark (Chiwetel Ejiofor), un arquitecto frustrado reconvertido en vendedor de muebles, descubre en la Santa Clara de 1990 que, al atravesar una pared del sótano de su tienda, accede a un extraño laberinto de habitaciones empapeladas de amarillo. Ese espacio inquietante parece retorcerse y serpentear hasta el infinito, salpicado de muebles y objetos a medio hundir, con una geometría y una arquitectura ligeramente desencajadas. Clark, deprimido y solitario, intenta convencer a su terapeuta Mary (Renate Reinsve) de su increíble hallazgo, pero cuando ella no le cree, se adentra él mismo en ese mundo. Pero, puede que no esté solo en esos pasillos.


Backrooms es la ópera prima de Parsons y, aunque empezó a rodar casi nada más terminar el instituto, la destreza técnica e interpretativa que despliega resulta asombrosa. Puede ser tentador atribuir estos logros a un equipo y un reparto más experimentados, pero el director es la pieza clave para que todos esos departamentos trabajen al unísono y formen un conjunto cohesionado, y Parsons demuestra una clara fluidez en el lenguaje cinematográfico, de modo que Backrooms se siente como una obra de autor.


Desde su primera escena, Backrooms atrapa la atención del espectador mediante múltiples recursos cinematográficos, jugando con la expectativa y la anticipación. El uso de imágenes granuladas de cámara doméstica y de planos subjetivos aporta un elemento adicional de claustrofobia e inmersión que hace al espectador sentirse tan atrapado en esa perspectiva como los personajes dentro de los pasillos. El uso del sonido, asimismo, te ofrece el más tenue de los murmullos, capaz de volverte paranoico preguntándote si aquello fue un suspiro o una pisada desconocida. Los elementos de tensión y miedo están calibrados a la perfección por Parsons, que juega con su público a su antojo.


Construir una narración en torno al concepto de caja de misterio, donde la trama gira alrededor de un enigma central, es una apuesta enormemente arriesgada. Aunque es probable que cautive a un público ávido de respuestas, si acumulas más misterios y sucesos inexplicables, estás abocando al espectador a la decepción si no se resuelven todos satisfactoriamente (que se lo pregunten a J.J. Abrams). Ese riesgo está presente en Backrooms, donde los misterios y las rarezas se convierten en un señuelo adictivo y uno empieza a preguntarse cómo se hilará todo. La respuesta es una traducción demasiado literal del simbolismo de fondo, que se permite la salida fácil de explicarlo todo.

La exposición tan explícita de lo que las backrooms supuestamente representan se machaca una y otra vez como metáfora de la mente humana. Se nos deletrea con un exceso de paternalismo en una escena temprana, en la que Mary explica que las personas heridas empiezan a levantar muros contra el mundo exterior y acaban perdiéndose dentro de su propio laberinto protector. Y se repite de nuevo a través de audiolibros, conversaciones directas y varios volcados de información hacia el final. Aunque esto no resta mérito a Backrooms ni al curioso rompecabezas de la mente humana que retrata, las explicaciones redundantes acaban resultando cansinas, pues Parsons parece temer que alguien no capte de qué va la película.


Con esa pérdida de confianza, se pierden también las pistas y referencias diseminadas a lo largo del film que te guiarían hacia la resolución del misterio por ti mismo: el guiño en el papel pintado amarillo al relato «El papel pintado amarillo» de Charlotte Perkins Gilman; las referencias a Dédalo y a cómo su laberinto se construyó tan complejo para contener a un monstruo que ni su propio arquitecto era capaz de recorrerlo; y las alusiones del diseño de producción a M.C. Escher y su litografía Relatividad. Podrían haber sido guiños para los espectadores más atentos y pacientes en una película más contenida que confiara en su público, pero quedan relegados a meros huevos de Pascua dada la versión sobreexplicada que recibimos.


El gran triunfo de Backrooms es el diseño de producción, que va mucho más allá al construir decorados reales que de verdad parecen el cruce entre el cubismo y el hastío de las afueras. Ya me imagino los escape rooms que se crearán a su imagen. Resultan absolutamente cruciales para la historia, tanto en lo temático como casi a modo de personaje. La premisa es sencilla, la de unas habitaciones vacías, pero lo que cuenta son las decisiones dentro de ellas: un muro incongruente, un montón de sillas rotas o una diminuta puerta provista de tres pomos. Cada elemento desasosiega al espectador y lo hace removerse en la butaca a medida que un objeto cotidiano se coloca de forma perturbadora.


Parsons reúne un reparto de talento para su primer largometraje y, aunque Ejiofor y Reinsve están solventes en sus papeles, se percibe que la película está más centrada en su vertiente de caja de misterio que en ofrecerles escenas lucidas o de mayor enjundia. Un intercambio culminante hacia el final hace que interactúen de forma más torpe que catártica, lo que diluye levemente el mensaje central sobre la necesidad de enfrentarse a los propios muros interiores.


Como ocurre con cualquier amenaza misteriosa, cuanto más averiguas sobre ella, menos terrorífica e intrigante resulta y, aunque las respuestas de Backrooms no son necesariamente decepcionantes, no logran estar a la altura del tenso misterio que las precedió. Queda además bastante misterio en el aire, ya sea por el jugoso potencial de secuelas o porque Parsons quiere sugerir que uno nunca llegará a desvelar todos los enigmas de la mente. Sospecho que hay un poco de ambas cosas.


Para una ópera prima, es una carta de presentación tan sólida como cabría desear, con Parsons demostrando un talento prodigioso tras la cámara. El misterio central sigue resultando intrigante, pero aunque sus temas sobreexplicados puedan limar el filo de la película para algunos espectadores y el desenlace ofrezca respuestas que no alcanzan del todo las expectativas generadas, Backrooms es, aun así, una experiencia cinematográfica absorbente, envolvente y refrescantemente disfrutable.


7.5/10

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