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Hoppers

  • Foto del escritor: Young Critic
    Young Critic
  • hace 3 días
  • 3 Min. de lectura

Naturaleza, robots y un Pixar que vuelve a dar en el clavo

Como le ha ocurrido a otras marcas de Disney, la reputación de Pixar quedó gravemente dañada por las cuotas insaciables de "contenido" que exigían las Guerras del Streaming para nutrir Disney+. El resultado fue que el otrora impecable estudio de animación empezó a apostar por historias fáciles, priorizando la cantidad sobre la calidad. Los síntomas de agotamiento creativo ya eran visibles a mediados de los años 2010, cuando el estudio comenzó a volcarse en las secuelas: Buscando a Dory (2016) e Increíbles 2 (2018) son ejemplos que no han dejado huella. La situación llegó a su punto álgido tras la pandemia, cuando Bob Chapek, entonces consejero delegado de Disney, renunció por completo a los estrenos en cines para las películas de Pixar, que fueron rebajando el listón narrativo. Claro que seguían siendo entretenidas y simpáticas, pero ¿alguien recuerda Luca (2021), Lightyear (2022) o Elio (2025)? Todo apunta a que algo está cambiando: Disney ha frenado su ritmo de producción y el último estreno de Pixar devuelve a la marca su energía creativa y su capacidad de emocionar.


Hoppers (2026) narra la historia de Mabel (Piper Curda), estudiante universitaria y activista medioambiental que, para impedir que la construcción de una carretera destruya un querido bosque, utiliza tecnología experimental de su universidad para transferir su mente a un castor robótico y realista capaz de comunicarse con los animales. Mientras la rebelde Mabel se adentra en la naturaleza e intenta movilizar a los animales para recuperar el bosque, descubre que el mundo natural no es como ella lo imaginaba.


La premisa parece más retorcida de lo que resulta en pantalla. El coguionista y debutante en la dirección Daniel Chong logra que cada decisión disparatada se sienta natural y justificada, y con esta película firma el trabajo más estimulante de Pixar desde Coco (2017): el humor característico del estudio está de vuelta, el doble registro para adultos y niños funciona a la perfección, la animación es deslumbrante y el golpe emocional es genuino. La estructura de la historia sigue siendo sencilla y efectiva: en esencia, es un relato de madurez sobre una chica que aprende a encontrar su voz y a saber dónde depositar sus valores. La película nunca cae en lo previsible, sino que traza el camino narrativo más directo entre una escena y la siguiente sin fingir que deambula hacia una respuesta obvia. El ritmo es ágil y constante, el metraje pasa volando y uno no puede evitar preguntarse adónde va a llegar.


Ese ritmo chispeante va de la mano del regreso al humor agudo que tanto se echaba de menos, ausente de las últimas entregas, que parecían rebajadas para un público exclusivamente infantil. El humor de Pixar siempre ha brillado por su sencillez observacional. Es imposible no reírse ante un castor que se acerca a unas escaleras y, antes de bajar, apoya la mano en la barandilla, o ante el cuchicheo de dos ciervos al fondo de la escena: «...¡y encima salía de la madriguera de otro!». No es un humor excesivo ni escaso: mantiene una sonrisa constante en la cara del espectador.


La película también retrata a sus personajes con una profundidad y un matiz poco habituales en el cine infantil de hoy, que tiende a trazar una línea clara entre los buenos y los malos. En Hoppers, los villanos nítidos brillan por su ausencia: el alcalde Jerry (Jon Hamm) impulsa la construcción de la carretera, pero queda retratado como una buena persona. Solo en el tercer acto la película cede a un esquema maniqueo que, aunque eficaz desde el punto de vista dramático, debilita el mensaje central sobre la bondad que habita en todas las personas.


Precisamente esa bondad es lo que más me cautivó, especialmente en lo que respecta a los líderes políticos de la historia. Tanto el alcalde como el rey de los castores (Bobby Moynihan) se preocupan sinceramente por sus súbditos y ciudadanos y, aunque sus planes puedan pecar de cierta ingenuidad, no están movidos por la codicia ni por la maldad. Es un retrato de la responsabilidad política que se agradece especialmente en un momento en que el mundo real ofrece tan pocos ejemplos de ello.


El desenlace capitaliza todo el poso emocional acumulado con tanta eficacia que las lágrimas fueron inevitables en la escena culminante. Hoppers es uno de los primeros imprescindibles de Pixar en casi una década, y su audacia creativa y su calidez merecen ser celebradas en la gran pantalla.


8.5/10

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