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Amarga Navidad

  • Foto del escritor: Young Critic
    Young Critic
  • hace 2 días
  • 4 Min. de lectura

Almodóvar vuelve a ponerse delante del espejo

Pedro Almodóvar tiene un estilo propio inconfundible, tanto en su registro narrativo, que juega con el melodrama, como en su universo visual, con escenografías vibrantes y seductoras. Aunque el manchego lleva más de cuatro décadas construyendo una filmografía con esa misma firma reconocible, su trayectoria ha atravesado varias etapas. Comenzó como parte de la Movida Madrileña, canalizando hacia afuera las libertades artísticas y sociales de la España democrática. Con el tiempo viró hacia la introspección, explorando el pasado propio y el colectivo, con la culpa, el trauma y la memoria como ejes en películas como Todo sobre mi madre (1999), La mala educación (2004) y Volver (2006). En los últimos años parece haber dado un paso más: de la introspección a la reflexión sobre sí mismo como artista y sobre el legado que está dejando. Ese camino empezó con Dolor y gloria (2019) y encuentra ahora su continuación espiritual en Amarga Navidad (2026).


Amarga Navidad es una muñeca rusa de historias brechtianas. Arrancamos con el director de cine Raúl Rossetti (Leonardo Sbaraglia), que en 2026 no sabe qué película hacer a continuación, y que centra su próximo guion en el personaje de Elsa (Bárbara Lennie), una cineasta que atraviesa un bloqueo creativo en 2004 (año que marcó un punto de inflexión en la evolución de Almodóvar), y que a su vez empieza a reflexionar sobre su propia vida. La película muestra cómo se van desovillando ambas historias mientras los dos (¿o tres?) directores empiezan a nutrirse de la realidad y de los momentos más vulnerables de quienes les rodean, hasta el punto de que su proceso creativo se convierte en una serie de espirales entrelazados donde ya no sabes dónde termina la ficción y dónde empieza la realidad.


Amarga Navidad es la película más sólida de Almodóvar desde Dolor y gloria: su breve incursión en el cine en lengua inglesa resultó bastante árida, con su humor y su ingenio perdidos en la traducción. Su último trabajo supone un regreso deslumbrante a la mejor versión de sí mismo y prolonga esta etapa de reflexión sobre su propio proceso y su vida como cineasta. En ella se muestra más vulnerable que nunca, poniendo en pantalla sus inseguridades y sus demonios más íntimos. Amarga Navidad es también la película más «académica» de Almodóvar, en el sentido de que constituye una fascinante deconstrucción de su propio estilo narrativo: un estilo hecho, como aquí se revela, de culpa y dolor en distintas dosis, mezclados con el tema omnipresente en toda su filmografía: la del deseo irracional (¿existe algún otro?). Almodóvar se adentra además en el porqué y el cómo del proceso creativo, tirando de sus personajes de ficción y enfrentándose a ellos en una metanarrativa de varios niveles.


En el fondo de Amarga Navidad late un debate sobre la propiedad de las historias. A Almodóvar se le reconoce el mérito de ser un director tan abarcador que su solo nombre evoca un estilo. Sin embargo, se percibe en él una culpabilidad interior: una relación tóxica con el hecho de apropiarse de las historias de sus películas. La trama de Amarga Navidad gira en torno a quién controla a quién, a qué tragedias ajenas pueden convertirse en materia de inspiración, y a cómo el espejismo quijotesco de los creadores que quieren imponer orden en sus vidas refleja lo que hacen sobre el papel. Todo ello se aborda y se muestra sin paliativos, con una franqueza asombrosa, especialmente teniendo en cuenta lo evidente que resulta que Almodóvar se coloca a sí mismo como alter ego en los personajes de Raúl y Elsa.


Ahora bien, esta lectura académica de Amarga Navidad no impide a Almodóvar mantener su habitual trama melodramática al estilo Sirk. Están sus idiosincrasias de siempre: el novio de Elsa (Patrick Criado), bombero de día y stripper de noche (sí, lo has leído bien); una escena culminante en un salón de colores meticulosamente codificados mientras suenan rancheras (emocionantemente, de la difunta Chavela Vargas, cuya carrera Almodóvar contribuyó a relanzar); o la banda sonora dramática de Alberto Iglesias con sus cuerdas arrebatadoras. Este último elemento resulta clave para la reflexión metafílmica del manchego, ya que los fans más fieles notarán que Iglesias recupera temas de películas anteriores, como Hable con ella (2002).


Me alegró ver papeles más amplios para Sbaraglia y Aitana Sánchez-Gijón (como la ayudante de toda la vida de Raúl), que ya habían aparecido en roles secundarios en Dolor y gloria y Madres paralelas (2021). En Amarga Navidad tienen la ocasión de lucir un talento que hasta ahora había quedado desaprovechado, con el punto culminante en un enfrentamiento en el tramo final donde uno empieza a intuir que quizá sean las dos caras de una misma persona. El intercambio se cuenta entre las mejores escenas de diálogo de toda la filmografía de Almodóvar. Lennie es otra de las grandes revelaciones: casi se lleva la película entera con su prodigiosa capacidad para contener tantas emociones contradictorias en el rostro, insinuando sentimientos al espectador con el mínimo arqueado de una ceja. Lennie es una de las mejores actrices españolas en activo, y me alegra que Almodóvar la haya incorporado a las filas de las mujeres almodovarianas.


Amarga Navidad es Almodóvar en su zenit, el de un genio artístico con el dominio absoluto de su oficio. Es cierto que la película empieza a perder fuelle en su tramo final, aunque el propio autor lo reconoce con cierta sorna al hacer que su guionista ficticio piense en acabar la película treinta minutos antes. Cuando se trata de una historia tan íntima, en la que uno percibe que se están exorcizando vulnerabilidades profundas, dilemas y debates creativos, la única respuesta posible para cualquier buen escritor es seguir escribiendo. Y por favor, Pedro, no pares nunca.


8.9/10 

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