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Marty Supreme

  • Foto del escritor: Young Critic
    Young Critic
  • hace 23 horas
  • 5 Min. de lectura

Una epopeya trepidante de estafadores que desmonta el mito del sueño americano

El desenmascaramiento del “sueño americano” como un sistema en el que hay que engañar para llegar a lo más alto es una tesis que el cine estadounidense lleva décadas explorando, desde títulos como El golpe (1973) o Luna de papel (1973). Aquellas películas surgieron en los años setenta, en pleno momento de contestación y activismo contra el idealismo americano, marcado por Vietnam y un renovado fervor anticapitalista. El cine estadounidense fue entonces sacudido por jóvenes directores dispuestos a adentrarse en el lado más oscuro y áspero del país, como Martin Scorsese, Francis Ford Coppola o Brian De Palma. Hoy parece que atravesamos un clima político y social similar, y un cineasta tan estimulante como Josh Safdie se suma a esta tradición con Marty Supreme (2025).


Marty Supreme se sitúa en 1952 y sigue a Marty Mauser (Timothée Chalamet), un vendedor de zapatos en Nueva York con un talento extraordinario para el tenis de mesa. Compite en torneos internacionales, pero los escasos premios económicos lo obligan a seguir estafando para sobrevivir en la vida americana: inicia una aventura con Kay Stone (Gwyneth Paltrow), la esposa del millonario Milton Rockwell (Kevin O’Leary); mantiene una relación paralela con su vecina Rachel (Odessa A’zion), a la que ha dejado embarazada en secreto; y trata de engañar a apostadores con trucos de ping-pong junto a su amigo taxista Wally (Tyler, the Creator). Todo ello sin que Marty pierda nunca la convicción de que está destinado a la fama y la riqueza.


Esta es la primera película que Josh Safdie dirige en solitario tras su separación creativa de su hermano Benny. Benny firmó antes el disfrutable —aunque algo errático— esfuerzo en solitario The Smashing Machine (2025), pero Josh parece haber conservado intacta la energía y el fervor del dúo. Marty Supreme dura dos horas y media y, sin embargo, al igual que Good Time (2017) o Diamantes en bruto (2019), mantiene un ritmo tan frenético y fluido que nunca da tiempo a mirar el reloj ni a aburrirse. Aun así, no resulta tan extenuante ni angustiosa como Diamantes en bruto, aunque Marty parece sostener su vida momento a momento con cinta adhesiva.


Esta inestabilidad constante y la incapacidad de reunir suficiente dinero para viajes y torneos constituyen el núcleo de Marty Supreme, presentando a Marty como un buscavidas atrapado en un ciclo perpetuo de exprimir unos dólares más por cualquier medio necesario. Sin embargo, su ambición y su fe ideológica en el éxito inevitable lo ciegan, relegando estos actos a simples notas al pie de su futura biografía. Safdie retrata con brillantez la adhesión a la mentira del “sueño americano”, mostrando la arrogancia de Marty al mismo tiempo que su aparente éxito.


La estructura de “tropezar solo para sobrevivir al siguiente instante” es lo que hacía tan propulsivas Good Time y Diamantes en bruto, y Safdie acierta al no alterar una fórmula ganadora, permitiéndonos maravillarnos de que Marty siga en pie, todavía con opciones de alcanzar su objetivo. A lo largo del camino, la película se puebla de personajes picarescos que plantean dilemas a Marty: como obstáculos puros, en el caso de Rockwell, o como conflictos morales, como abandonar a la embarazada Rachel o sisar dinero a Wally para perseguir su sueño profesional. Safdie también ilustra con fuerza cómo el modo de vida estadounidense convierte la carrera profesional en identidad, a menudo a costa de las relaciones y la familia. En ocasiones esto se aborda desde la comedia, pero sin perder nunca su carga dramática.


Marty Supreme dialoga en muchos sentidos con The Brutalist (2024), al mostrar la misericordia —o su ausencia— con la que la ambición se enfrenta a la riqueza ya asentada. Ambas películas colocan a sus protagonistas ante una elección entre el patronazgo humillante y una dignidad precaria. Este conflicto se ve reforzado por el contexto histórico: una América de 1952 envalentonada tras la victoria en la Segunda Guerra Mundial y el auge económico de la posguerra. Sin embargo, incluso en esa “gran América” a la que algunos políticos dicen querer volver, las contradicciones, desigualdades y estructuras capitalistas enquistadas ya están plenamente presentes. Por mucho talento que tenga Marty para el tenis de mesa, la voluntad y la meritocracia quizá no basten.


Safdie baña la película en el brillo de los años cincuenta. El vestuario, el maquillaje y el diseño de producción están ejecutados con especial cuidado e intención temática. Destaca particularmente el diseño de escenarios, que presenta un Nueva York abarrotado de bolsas de basura y suciedad callejera, un detalle refrescantemente realista. Al mismo tiempo, Safdie imprime a la película una sensibilidad muy setentera, visible en los diálogos acelerados, la cámara inquieta e incluso la paleta de colores. Los partidos de tenis de mesa están filmados con una precisión notable, dotándolos de la misma intensidad y tensión que un combate de Rocky, y transmitiendo cada jugada y cada punto con absoluta claridad.


Lo que quizá más sorprenda al público de Marty Supreme es su reparto. La película está repleta de cameos y secundarios de procedencias muy dispares, pero la apuesta funciona a la perfección. Safdie reúne rostros tan singulares que el mundo que crea parece habitado por personas reales, no por modelos pulidos de Los Ángeles. Estos cameos van desde jugadores de la NBA hasta David Mamet, Philippe Petit (el funambulista), diseñadores de moda y, sobre todo, O’Leary, que ocupa un papel secundario clave. Conocido como empresario y “tiburón” en Shark Tank (2009–), O’Leary ofrece una interpretación verdaderamente repulsiva, sorprendente tanto por su precisión como por su naturalidad. Estas elecciones de reparto tan poco convencionales encajan a la perfección con las interpretaciones centrales. A’zion continúa su racha de papeles revelación tras la energía caótica que mostró en I Love LA (2025–), y aquí deja ver una faceta dramática que pide a gritos mayor exploración. Paltrow, por su parte, protagoniza algo parecido a un regreso a la interpretación —más allá de apariciones esporádicas en Marvel— con un personaje tan astuto como ingenuo.


El auténtico centro de gravedad de la película es, no obstante, Chalamet, que con cada nuevo papel consolida su condición no solo de talento generacional, sino de figura verdaderamente singular. Su presencia es arrolladora: mantiene una intensidad, un ritmo y un compromiso tan absolutos que termina desapareciendo dentro del personaje. Resulta imposible no comprar el idealismo y el narcisismo de Marty mientras se niega a reconocer los obstáculos que se interponen en su camino. Es una interpretación caótica, que exige constantes virajes emocionales de escena en escena. Los momentos finales sintetizan por sí solos los temas de la película, culminando en un cierre sin palabras cuya fuerza y trascendencia recuerdan a la mirada final de Chalamet en Call Me by Your Name (2017).


En última instancia, Marty Supreme se siente como un clásico instantáneo en muchos aspectos. Funciona como película deportiva, pero está mucho más interesada en interrogar las contradicciones de la clase social, la ambición y la ideología estadounidenses, operando como un incisivo estudio de personaje que despoja al mito de su máscara. Con un acabado técnico impecable, una banda sonora contundente, needle drops inspirados y un conjunto de interpretaciones extraordinario, Marty Supreme merece contarse entre las mejores películas de 2025.

 

9.3/10

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About Young Critic

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I've been writing on different version of this website since February of 2013. I originally founded the website in a film-buff phase in high school, but it has since continued through college and into my adult life. Young Critic may be getting older, but the love and passion for film is forever young. 

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