Cubres borrascosas
- Young Critic

- hace 1 día
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Una provocación que confunde el exceso erótico con la profundidad emocional

A pesar de ser una de las historias de amor más icónicas jamás escritas, Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, nunca ha contado con una adaptación cinematográfica definitiva. Numerosos cineastas y parejas protagonistas han intentado capturar la compleja relación de atracción y rechazo que late en su núcleo, sin lograrlo del todo. No ha sido por falta de intentos: la novela es, probablemente, una de las más adaptadas de la historia del cine, con directores como William Wyler, Luis Buñuel o Andrea Arnold probando suerte. Sin embargo, quizá la versión que mejor ha sabido captar el espíritu de la obra no sea una película, sino una canción: “Wuthering Heights”, de Kate Bush. Ahora Emerald Fennell se suma a la lista con su propia Cumbres borrascosas (2026), llevando la controversia al límite.
Cumbres borrascosas vuelve a narrar la historia de amor entre Catherine (Margot Robbie), hija única de un noble derrochador (Martin Clunes) en la Inglaterra del siglo XIX, y Heathcliff (Jacob Elordi), el muchacho huérfano al que su padre adopta y que crece trabajando en las cuadras de la finca. Cuando un acaudalado soltero (Shazad Latif) se instala en las cercanías, Catherine debe elegir entre la seguridad económica que le ofrece ese matrimonio y dejarse arrastrar por un amor y un deseo que la consumen.
La novela descansa sobre el clásico planteamiento romántico del amor prohibido, donde la tensión nace del anhelo y de la incapacidad para expresar plenamente los propios sentimientos. Fennell, siempre inclinada a la provocación, decide romper con esa contención y sumerge su adaptación en un erotismo explícito. Lo hace mediante una estética deliberadamente anacrónica, mezclando sensibilidades modernas con escenarios y vestuario decimonónicos. El planteamiento recuerda en parte al de María Antonieta (2006), de Sofia Coppola, que optaba por una aproximación impresionista antes que por la fidelidad histórica estricta. Fennell contrapone el relato encorsetado y reprimido con códigos románticos contemporáneos, especialmente los procedentes de las novelas de fantasía romántica tan populares en la actualidad. Es una elección audaz, pero errónea. En su intento por bajar la novela de Brontë de su pedestal mítico, Fennell la arrastra hacia el terreno de la fantasía romántica más vistosa. No se trata de desmerecer el género, construir una fantasía erótica convincente no es tarea sencilla, pero ese enfoque no encaja con la arquitectura emocional de esta historia.
Una de las principales razones por las que esta Cumbres borrascosas no funciona es la desarticulación del deseo prohibido que hacía del original un relato de anhelo tan poderoso: en la versión de Fennell, Heathcliff y Catherine consuman su pasión… con frecuencia. Si bien esto aporta una dimensión más explícita que otras adaptaciones no tenían, elimina cualquier sensación de anticipación o tensión sexual. La película termina pareciendo menos una adaptación y más una fantasía erótica inspirada en la novela.
Fennell irrumpió con fuerza gracias a su trabajo en Killing Eve (2018–2022) y Una joven prometedora (2020), donde equilibraba con precisión el kitsch y la sátira. Ese equilibrio empezó a tambalearse en Saltburn (2023), aunque aún conservaba ingenio y humor negro. En Cumbres borrascosas, sin embargo, Fennell parece entregarse por completo a sus impulsos más excesivos, perdiendo cualquier medida tonal. El conjunto se asemeja a un intento consciente de hacer una película “tan mala que resulte buena”, pero esa autoconciencia desesperada solo consigue que el resultado sea incómodo.
Como en toda historia romántica, la pareja protagonista debe convencernos de su química y de la inevitabilidad de su deseo. Robbie y Elordi son intérpretes con talento indiscutible y aportan en ocasiones un matiz irónico adecuado, pero entre ellos no hay verdadera conexión. Sus miradas resultan vacías y las motivaciones parecen guiadas más por una lujuria superficial que por una pasión arrebatadora. Aunque se suman a una larga tradición de actores que han encarnado a estos personajes inolvidables, de Laurence Olivier a Juliette Binoche, lo que dejan tras de sí es una sensación de frialdad, no de fuego.
Fennell mantiene su marcada identidad visual, aunque su simbolismo roza en ocasiones lo obvio. Estos destellos aportan cierta vitalidad a la propuesta, pero su insistencia en provocar termina socavando los elementos que convierten Cumbres borrascosas en una historia de amor tan arrebatadora. A pesar de contar con un reparto de peso, el romance central carece de la electricidad que exige el relato. Los giros modernos pueden resultar puntualmente interesantes, pero no logran evitar que la película se perciba como una fantasía erótica pulida y superficial. En definitiva, si se busca una evocación conmovedora y fiel del hechizo romántico de la novela, es preferible escuchar a Kate Bush.
3.5/10








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