28 años después: el templo de huesos
- Young Critic

- hace 2 días
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Nia DaCosta aporta peso moral y moderación visual a la franquicia de zombis.

Muchas trilogías no planificadas se desinflan en su tercera entrega, cuando el éxito inesperado de la primera película obliga a producir secuelas que terminan configurando un arco trilógico incongruente y artificial. Lo hemos visto en casos como La guerra de las galaxias, Creed o El protegido, pero no parece ser el destino de la franquicia 28 días después, recientemente reiniciada. El pasado verano, 28 años después (2025) revitalizó la saga, y su secuela se rodó inmediatamente a continuación, escrita de nuevo por Alex Garland. El resultado es 28 años después: El templo de huesos (2026), una película que encaja con naturalidad en la narrativa y desarrolla los arcos y líneas argumentales planteados en la entrega anterior.
28 años después: El templo de huesos sigue al joven Spike (Alfie Williams), que ha acabado integrado en un grupo de niños sádicos y satanistas liderados por el cruel Jimmy (Jack O’Connell). Funcionan como una secta, una versión pervertida de Peter Pan y los Niños Perdidos. Obligado a adaptarse o enfrentarse a una muerte espantosa, Spike se infiltra en el grupo y presencia la brutalidad que los llamados Jimmies infligen a otros supervivientes. En paralelo, se desarrolla la historia del doctor Kelson (Ralph Fiennes), un superviviente afable que recorre el territorio en busca de cadáveres a los que enterrar con dignidad mientras continúa construyendo su epónimo templo de huesos. Kelson también comienza a experimentar con el zombi alfa Samson (Chi Lewis-Parry), intentando calmarlo y comunicarse con cualquier resto de humanidad que aún pueda conservar.
Si Danny Boyle regresó a la franquicia con 28 años después, en esta ocasión es Nia DaCosta quien toma el relevo en la dirección. La cineasta ofrece un estilo distinto y, en última instancia, más estimulante que el de Boyle, apoyándose en un guion más sólido que le permite explorar temas como el mal, la muerte o la comunidad. Aunque muchas películas de zombis orbitan en torno a estas ideas, el texto de Garland evita los clichés más habituales y propone momentos genuinamente reflexivos e incluso tiernos, sobre todo en sus consideraciones acerca del vínculo humano y el sentido de la existencia.
Esta distancia respecto a las convenciones del género se explica en buena medida por la manera en que se representa la violencia en pantalla. Boyle nunca ha sido un director proclive al exceso gratuito, pero el enfoque de DaCosta resulta aún más perturbador. Su puesta en escena de la brutalidad provoca una reacción visceral constante: la violencia se percibe como implacable, subrayando la fragilidad de la vida. La película se abre con una ceremonia de iniciación llevada a cabo por los Jimmies, en la que un personaje es apuñalado en la arteria femoral. La cámara observa en tiempo real cómo se desangra mientras los demás miran. No hay aquí voluntad de shock ni de espectáculo, sino la intención de confrontar al espectador con la crueldad y el horror que los seres humanos son capaces de infligirse entre sí.
Con todo, DaCosta evita trazar personajes en blanco y negro. Samson es un zombi monstruoso que arranca cabezas de cuajo, dejando la médula espinal al descubierto, pero la película invita progresivamente a la empatía —e incluso a la curiosidad— hacia su «despertar», propiciado por la compasión y la paciencia del doctor Kelson. Este personaje fue uno de los grandes aciertos de 28 años después, y se agradece que aquí tenga un peso mayor. Fiennes está soberbio en un papel que podría haberse resuelto de manera más discreta o rutinaria, pero al que se entrega por completo. Su Kelson se convierte en una presencia cálida y reconfortante en un mundo devastado: encuentra consuelo en pequeños rituales, se acerca a la muerte con respeto y mantiene una esperanza obstinada. Es, en la práctica, el segundo protagonista del filme, funcionando como contrapeso moral a la oscuridad que encarnan otros personajes.
El templo de huesos es una película de terror mucho más filosófica de lo que cabría esperar, aunque su tramo final resulta algo irregular. El filme se prepara para profundizar en el origen y el sentido de la plaga zombi, así como en sus implicaciones morales, pero la resolución de Garland y algunas decisiones de los personajes se quedan cortas. Por momentos, el desenlace parece una salida fácil, un modo de evitar cerrar las tramas de forma demasiado concluyente para dejar abierta la puerta a una tercera entrega. Aunque la película funciona razonablemente bien como relato autónomo, acaba siendo excesivamente prudente a la hora de resolver sus conflictos.
DaCosta también logra aquí reafirmar su carrera como directora tras el tropiezo que supuso The Marvels (2023), el mayor fracaso comercial de Marvel hasta la fecha. La cineasta se recuperó con rapidez gracias a una estimulante adaptación de Hedda Gabler en Hedda (2025), y ahora firma su trabajo más sólido con El templo de huesos. Nacida en Brooklyn, DaCosta despliega una paciencia visual que contrasta con la inquietud formal de Boyle. Su mirada se detiene en los espacios, en las relaciones entre los cuerpos y en el juego de luces y distancias, alcanzando imágenes de gran potencia en el tramo final, especialmente en el uso del fuego entre columnas de cráneos de un blanco inmaculado. Ojalá esta película sirva para confirmar que su talento no debe quedar lastrado por un único tropiezo dentro de la maquinaria de Marvel.
Jack O’Connell se ha consolidado como un intérprete especialmente eficaz para dar vida a villanos de crueldad extrema, tras su reciente papel de vampiro en Sinners (2025). Su Jimmy es un personaje dominado por la violencia y el exhibicionismo, pero O’Connell evita convertirlo en una caricatura. Al contrario, lo presenta como un hombre movido por una profunda inseguridad y una necesidad desesperada de poder y protagonismo, aterrorizado ante la posibilidad de ser desenmascarado como un impostor. Esta lectura aporta matices a lo que podría haber sido una oposición moral demasiado simple. Fiennes, como ya se ha señalado, está extraordinario y firma una interpretación con claros ecos de premio, irradiando carisma y humanidad en cada aparición. Lewis-Parry también resulta convincente como Samson, sobre todo cuando los dardos tranquilizantes de Kelson empiezan a hacer aflorar restos de humanidad bajo su apariencia de no muerto. Menos aprovechado queda, en cambio, Alfie Williams, tan notable en la entrega anterior y aquí relegado a un segundo plano, una de las pocas incoherencias respecto a 28 años después.
En definitiva, 28 años después: El templo de huesos es la entrega más sólida de la franquicia desde 28 días después(2002). Se aproxima al apocalipsis, a la moralidad humana y a la muerte desde una mirada más reflexiva de lo habitual, apoyada en interpretaciones sólidas y en una propuesta de dirección renovadora. Con sus imperfecciones, se erige como un comienzo poderoso y seguro para el año cinematográfico 2026.
7.6/10








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